domingo, 7 de abril de 2013

SOBRE LAS VENTAJAS DE SER INVISIBLE - LA FELICIDAD DEL DESCUBRIMIENTO






La camioneta desbocada atravesando el túnel iluminado. Bowie en su genialidad, y tres adolescentes eufóricos de ser ellos, de estar juntos, de mirar la carretera pasando, rápida, junto con todos sus recuerdos, con todas sus sensaciones. Ese es su mundo y lo aman. Sam se desliza a la parte trasera y malabáricamente, se para y estira los brazos. La velocidad no la vence. Ella cierra los ojos mientras Charlie la mira extasiado y Patrick se ríe de todo y de todos.  We can be Heroes, just for one day.

La magia de esta película reside en que, cual galleta proustiana, te posiciona nuevamente en tus recuerdos adolescentes, en tu timidez, en tus complejos sobre el mundo y sus posibilidades, en tu inexperiencia para el amor. Y –con una genialidad superlativa, comparable a películas como La Sociedad de los Poetas Muertos-  te hace sentir que formas parte de este grupo disímil de personajes que ríen, bailan y lloran alrededor de un Charlie (el personaje principal) que íntimamente concuerda contigo en una especie de espectador interno que subjetivamente te representa. Por eso, cuando el mismo Charlie descubre sus oscuridades infantiles, tú mismo vas auto indagando sobre las tuyas. La película es motivadora de una catarsis de adolescencia, y como juega con ideas universales (lo cual es verdaderamente complejo), magistralmente te ayuda a canalizar a través de su historia tu propio devenir personal.

Las actuaciones de Emma Watson y Ezra Miller son sobresalientes. Ella (que en Harry Potter convence absolutamente en su papel de maga intelectual y obsesiva) interpreta a una chica desenfadada pero sensible de ojos lacónicos y profundos, que, segura de lo que es y de lo que siente, no duda en ayudar a un chico tímido y novato que da sus primeros pasos en la secundaria. En mis reminiscencias personales hay una figura similar a ella, y a través de la actuación de Watson pude saborear nuevamente ese hermoso pero  su vez atormentado recuerdo. De otro lado, la actuación de Ezra Miller como el amigo gay del protagonista me pareció tan natural y desprejuiciada, que le permite al espectador comprender por qué ser homosexual no es una enfermedad o una aberración como muchos postulan, sino un estado tan normal como la heterosexualidad.

Pero hay algo en esa imagen de los tres adolescentes liberados por la velocidad, escuchando “Heroes” y sintiendo suyo el mundo que me parece universal. Ese estado del humano naciendo, sintiéndose  todopoderoso, ese ensoñamiento en donde no hay mañana, solo ese hoy-segundo, es para mí, la imagen más cercana de felicidad a la que uno puede acceder. Por eso conmueve, por lo fantástica, por lo irreal, por haber sido parte de lo que uno fue. Por la distancia de un tiempo que estuvo, pero que ahora yace difuminado por una historia que camina hacia la decadencia.

El ser humano posterior, complejizado por los avatares de una vida que lo va deteriorando, comprende que la etapa de los héroes y de las princesas ya cesó, y se ve en el espejo y va descubriendo de a pocos como su vida se arruga, como se constriñe, y en ese proceso va descubriendo también que las verdades personales son las primeras, y que luego uno tiene toda la vida para reflexionarlas. Uno tiene toda la vida para descifrar lo que vivió en sus primeros años, y para contemplar finalmente esos acontecimientos y transformarlos en visiones ontológicas, en postulados generales, en odas a la melancolía o la felicidad. Y así, transmitirlas a los suyos, que son los que interesan.
En estos últimos días he tenido el privilegio de reunirme con los amigos de esas épocas heroicas. Y a través de su compañía y de sus reminiscencias, he podido contemplar –de manera general- muchos de esos pasajes de mi vida en donde fui feliz. Atormentadamente feliz (dado que yo nunca he dejado de ser tortuoso en mis experiencias). We can be heroes… just for one day