domingo, 4 de noviembre de 2012

BREVE OBITUARIO DE ANTONIO CISNEROS


Hace días que necesitaba escribir sobre él. El día de su muerte estuve acongojado, pero no sé por qué la noticia me pareció algo irreal. Supongo que esas noticias siempre parecen irreales, la partida de seres o muy queridos o muy admirados que uno entiende como inmortales, siempre tiene la inicial apariencia de un sueño. Recién hoy, luego de seguir viviendo la misma tumultuosa y agitada vida de todo citoyen de este mundo, encontré por azahar (o casi) dos libros de poesías que había dejado abandonados el mismo día de su muerte, cuando intenté encontrar un poema cuyo nombre no recordaba, y que no encontré, y que recién encuentro.
 
Y me siento y leo. Y no puedo sino compungirme con una pena larga y profunda, que como una herida abierta, como un ardor lento y agónico, me descubre la realidad de su partida. Antonio Cisneros ha muerto, y con él todos los posibles mundos, las posibles luces, las posibles miserias que él hubiese podido intuir para nosotros. Por y para todos nosotros.
Y no puedo sino rememorar las alegrías que tuve -y que tengo- al leer que alguien puede ser tan relativo a uno, tan cercanamente similar en sentimientos, tan iluminadamente sabio, irónico, en resumen tan universal. Y no puedo sino rememorar aquellos buenos tiempos en los que nuestro grupo literario (la Directiva, un grupo dedicado a libar por la literatura, conformado por personajes tan disimiles y entrañables como Pimpi Rengifo, el Gordo Bernal, Petipán Coronado, Pablo Carriquirri Carreño o Anchiraicua), admiraba a este genio de la poesía.  Recuerdo claramente haberlo encontrado alguna vez en el bar de Juancito en Barranco. Alborotados, nos sentamos a tomar unos chilcanos en una mesa contigua, y felices sentíamos que estábamos tomando con el mismísimo Cisneros (otras hazañas similares fueron la persecución a Ribeyro, o la serenata a Bryce, o la vigilia a la casa de Vargas Llosa).  Recuerdo finalmente que el Gordo Bernal –ya alcoholizado supongo- le lanzó algún saludo o alguna arenga, y que Cisneros le contestó algo amable, sonriendo complacido y aparentemente feliz.
 
Ahora, atando algunos cabos, puedo comprobar que Cisneros era físicamente parecido a mi padre, pues tenía una mirada bondadosa y un aura de insatisfacción y melancolía, y que en el poema que más me emociona de él, confiesa haber tenido dos hijas y un hijo, confesando además haber sido ingrato con sus hijas de alguna forma.
 
Es por ello que a través de él –y a modo de homenaje- le dedico este hermoso poema a mi Adriana y mi Andrea. Léanlo mis niñas y disculpen las lejanías de su padre que las ama.

 
HAY VECES QUE LOS HIJOS
 
Entonces yo flotaba entre las olas y el salitre del Atlántico boreal.
Era un barco con hierro de Marcona, bandera de Liberia y marineros
                Griegos.
Los tumbos en la noche o las más ordinarias nostalgias eran pretexto
Para escribir poemas (muy sentidos) sobre Diego, hijo del alma
                Delgado y amarillo
Y poco a poco me las ingenié para meterlo (contra su voluntad)
                Entre mis libros
Luego vinieron Alejandra y Soledad. No sé por qué perezas fueron
                Abandonadas (o libradas) de mi canto.
No por completo, es cierto. Soledad (75) supo de festejos el día
                Que nació bajo la nieve. Y la comparé (también) con un
                Erizo.
Alejandra (81), apenas más alta que una mesa, tan sólo fue
                Nombrada en una triste prosa.
Siento que les debo unos versos que hablen de su gracia y su
                Belleza (puros lugares comunes) y del dolor de vivir separados
                (puro melodrama)
Aunque en verdad, ya no deseo que sean ricas o buenas o virtuosas.
Dados los tiempos, me contento con que en el camino del mar
                Hasta la casa/ no sufran ningún mal.
 
Finalmente, y como corolario de esta breve reflexión, quiero regalarles este poema de Cisneros que entiendo como absolutamente actual, y que incluye una crítica a esta sociedad moderna, donde los viejos, los pasados de moda, los dinosaurios, son (somos?) relegados a una dimensión de paréntesis (que incluye a los esperpénticos fumadores, entre los cuales me incluyo), desde donde nostálgicamente contemplan la arrogante estupidez de los imberbes que creen que la gran sabiduría del mundo está en sus espíritus competitivos, tecnológicos y ecológicos… pura vanidad… puro nuevo racionalismo obtuso… craso y agudo error de percepción…

 
NATURALEZA MUERTA DE INNSBRUCKER STRASSE
 
Ellos son (por excelencia) treintones y con fe en el futuro. Mucha fe.
Al menos se deduce por sus compras (a crédito y costosas).
Casaca de gamuza (natural). Mercedes deportivo color de oro.
Para colmo (de mis males) se les ha dado además por ser eternos.
Corren todas las mañanas (bajo los tilos) por la pista del parque
Y toman cosas sanas. Es decir, legumbres crudas y sin sal, arroz
                Con cascarilla, aguas minerales.
Cuando han consumido todo el oxígeno del barrio (el suyo y el mío)
Pasan por mi puerta (bellos y bronceados). Me miran (si me ven)
                Como a un muerto con el último cigarro entre los labios.
 

miércoles, 9 de mayo de 2012

EL NIÑO QUE SIEMPRE SERE


Hoy en la mañana mi hija me dijo: “Papá, los hombres son unos niños… ¿no?” No supe que decirle. Por un lado pensé que tenía toda la razón, que yo mismo sentía que había necesitado tanto a mi mamá que, cuando las cosas ya no marchaban tan bien para mí en la casa de mis padres, la había reemplazado por mi esposa, pero que nunca fue igual, que el complejo edípico nunca se soluciona y cosas así. Por otro lado, ya en mi lado paternal, pensé que yo ya era padre y que debía de refutar esas ideas con algún postulado sofistamente maduro para no convulsionar el mundo juvenil de mi preciosa, y convencerla de mi madurez emocional (que es inexistente) para que se sienta tranquila de que tiene a un padre hecho y derecho. Al final, me limité a sonreír. Mi hija se me acercó y me abrazó. Sentí como un abrazo maternal. Mi hija también se estaba transformando en mi madre. Porqué dices eso hijita… ¿ha pasado algo? Nada papá, es que a veces Jose (su enamorado) se comporta como un niño, y yo entiendo; porque tú también a veces te comportas como un niño, y nosotras tenemos que cuidarlos. Pero no te preocupes. Nosotras las mujeres siempre estamos ahí. Se paró y se fue casi saltando, feliz.
Miro a mis hijos y me veo a mí en cada una de sus edades. Y esa constatación me produce sensaciones encontradas. Por un lado, siento que al ser las extensiones de mi yo, son una segunda oportunidad de ser, son como una nueva alternativa para redimir mis errores, para triunfar en campos que nunca cultivé adecuadamente (como por ejemplo, la escritura), para ser feliz. Por el otro lado, me acongojo porque sé –o pretendo saber, sustentándome en la herencia de mis genes- por qué penurias internas van a transitar sus almas, por qué túneles oscuros, por qué miserias es muy probable que derrapen sus vidas. Y, como una especie de pitoniso, me adelanto a sus lamentos y lloro desde ya por ellos.
Y entonces, en este estado de confusión mental se me viene la idea de la niñez. De mí niñez. Y esa idea, antes que complicarme, me apacigua. El sentir que soy tan niño, o tan púber, o tan joven como cada uno de mis hijos, que estoy a su mismo nivel (solo que con unos rasguños de más), me resucita de mi vejez adelantada, me redime de mis derrotas, porque restituye mi momento vital, me hace ser nuevamente joven. Pero, lo mejor de todo, es que me hace sentir menos padre y más amigo de ellos, los acerca a mi mundo, convirtiéndolos en cómplices antes que en aprendices.
Claro, imagino a la mayoría de madres de este mundo luego de leer esto. El padre no puede ser el amigo. Tiene que ser el padre. Tiene que asumir su rol y ayudar. Me van a disculpar mamitas queridas. Me reúso. No me reúso a ayudar (no es que sea un holgazán). Me reúso a ser padre. O por lo menos ese padre imperativo y ceñudo que mira a los hijos desde arriba y da órdenes concluyentes que tienen que ser cumplidas sin dudas ni murmuraciones (ni cura ni soldado… todo lo contrario). No tengo intenciones de relacionarme verticalmente con ellos, que son las personas a las que más amo. Así que he decidido ponerme a su nivel y reclamar en conjunto –a modo sindical- hasta que venga mamá. De repente ya mi mamá no se anima (ella ya tuvo suficiente jaleo con nosotros), de repente mi esposa tampoco (suficiente con cuidar a tus hijos para tener que cuidarte a ti), de repente mi hija renuncia a su nueva vocación (a pesar de que, por su declaración inicial, se encontraba conforme con ese papel con respecto a mí y a su enamorado). Aunque, por suerte para los padres-niños como yo, las mujeres tienen demasiado metido el bichito maternal para dejarnos abandonados a nuestra suerte. Y así, termino no solo con mi madre biológica acariciando mi canosa cabeza, sino con mis otras madres (hermana, esposa, hija) cuidando de alguna forma de mí. Y les agradezco el cariño, y, como hijo impensante que soy, creo fervientemente que me lo merezco porque sí, porque yo soy el centro del mundo para mi madre y que ella sin mí no será feliz… Feliz día mamás… feliz día mamá.

miércoles, 28 de marzo de 2012

SOSTIENE TABUCCHI


Lo primero que leí de Antonio Tabucchi fue un libro de cuentos llamado “Pequeños equívocos sin importancia”. Este libro me fue recomendado por una gran amiga que ya no veo hace tiempo. Recuerdo que mencionó específicamente uno de los cuentos  titulado “Los trenes a Madrás”. Evidentemente fue el primero que leí. Evoco con bastante claridad la sensación que tuve al terminarlo. Era de una especie de incógnita triste. Una pregunta dejada en el aire por el pésame final. Me pareció genial. Pero luego de ese cuento, inicié el libro y me encontré con el cuento que da título a esa recopilación. Cuando terminé su lectura ya estaba convencido de la conexión que se había dado entre ese extraño escritor italiano y mi yo profundo. Y es la reflexión de ese cuento la que me ha acompañado en casi todas mis posteriores, sucesivas y atormentadas preguntas ontológicas. Algo similar me había pasado con Borges y sus laberintos, o con Sábato y su conciencia del absurdo, o con Le Clezió y su demolición de la realidad. A través de la iluminada reflexión estética de Tabucchi, me llegué a convencer medianamente de la aleatoriedad de mi existencia, de las pocas posibilidades de control que puedo tener de mi mundo. Yo no sé si esa claridad me ayudó a me complejizó más. A estas alturas de mi vida, y luego de destruir fervientemente muchos absolutos personales (de manera consciente o inconsciente, lo confieso), me quedan muy pocos puntos claros en el horizonte. Pero prefiero esa obscuridad intelectual a creerme el cuento Shopenhaueriano –excesivamente vanidoso- del domino del mundo a través de mi voluntad. Para mí eso representa Tabucchi, esa constatación de la imposibilidad de dominar la vida. En el libro “Sostiene Pereira” el personaje principal es un hombre que al final de su camino vital descubre a través de azahares lo acertado del compromiso con sus ideales profundos. Y logra su liberación. Una liberación a través del compromiso con las verdades personales que se habían ido acumulando en su conciencia pero que permanecían escondidas por temor al sistema. La actuación de Marcelo Mastroniani en la película inspirada en esa novela es sobresaliente, pero yo siempre preferí asemejar el personaje de Pereira a la figura del mismo Tabucchi. Ese italiano de rostro apacible y ojos profundos que nos abandonó el domingo pasado. Y solo me queda esperar que, como Pereira, él haya podido liberarse al final del camino de sus trabas vitales, de sus complejos intelectuales, de sus túneles más oscuros. En todo caso yo sospecho que, como a mí, a muchos iluminó en su trayecto hacia la muerte. Pero, si pues, no puedo dejar de sentirme un poco más solo por esa partida. Es una pena.

domingo, 1 de enero de 2012

INMORTALES - CEMENTERIO CLUB y nuestras amicalidades





Somos inmortales. Siempre hemos estado aquí. Exactamente donde estamos. Contorsionándonos, amando y odiando al mismo tiempo, viviendo y a cada segundo muriendo. Contradictorios. Enamorándonos de la soledad. De nosotros mismos en soledad. De nuestra imagen cuando se aparece en nuestra conciencia y creemos que es otra imagen (la de la amada). Al final, nos miramos permanentemente a nosotros mismos, y nos enamoramos de nuestras andanzas, de nuestras penurias, de nuestros anhelos, nos enamoramos de nuestra vida que es a la única a la que podemos mínimamente acceder. Y eso que poco o nada nos conocemos.

José (el compositor de este gran grupo que es Cementerio Club) es un gran amigo. Algo distanciado por todos los espacios tiempos que han transcurrido entre nuestros incipientes veintitantos y nuestros canosos y sedentarios cuarentaitantos. Y por eso, y porque su proceso vital se cruzó con el mío, celebré y celebro este himno a la contradicción del amor. Una canción que nos va revelando a través de su melodía romántica esa especie de amor que descubrimos luego de constatar que no somos invencibles, que hemos naufragado y seguiremos naufragando pero que a pesar de todo seguimos aquí, simulando inmortalidad a través de un nuevo proceso de amor luz, de amor redención, de amor renovante. Y el amor nos convierte nuevamente en inmortales a través de sus “magias inútiles” (Borges), de sus resquicios bizarros, de la melancolía que sentimos en la soledad de la amada. Y, si pues… sentimos la inmortalidad… la rozamos a través de las manos de esa persona que sentimos especial.  

Somos… amigo… esos mismos niños púberes que en el colegio intentábamos cantarle al amor… esos mismos jóvenes que componíamos canciones atiborrados en ese cuarto inmemorial de Campodónico. Los mismos hombres canosos que ahora descubrimos que nuestra inmortalidad pesa, y de repente ya no nos resulta cómoda. Pero, como dice la canción, a diferencia de los otros yos que hemos dejado atrás, ahora, curtidos por los zarandeos de una vida azarosa “ya no tememos morir”. Un fuerte abrazo José… un fuerte abrazo…

EL SECRETO DE SUS OJOS - desencuentros de amor



Ellos discuten entrando al hangar. Ella le asegura que el viaje a Jujuy es lo mejor, él no está seguro de nada. Hay un diálogo cruzado, entre la necesidad de escape y la permanencia del amor. Ella le dice –confundiendo  permanentemente el plural del nosotros con el singular de ella misma- que es lo mejor, aunque ya no sabe exactamente qué es lo mejor, ni para quién es lo mejor. Están confundidos. Él se le acerca y le da un beso en la mejilla. Ella abre los ojos. Esos ojos. Dicen todo esos ojos. Él la mira y como hasta ese momento se conforma con nada. Se voltea. Sube al tren. Pero se queda a mitad de la escalera y la mira de lejos. Se inicia la música, y cada tecla de un piano suave va tocando los puntos sensibles del corazón del espectador. Él sube al tren, y camina cansinamente por los pasillos atiborrados de pasajeros que comienzan a subir sus maletas a los estantes. Se sienta. Su mirada está perdida, extraviada en la situación. Ella reacciona, no se debe de ir. O ella no se debe de quedar. Ella corre, y llega hasta la ventanilla desde donde él espera nada. Estira la mano. Él también estira la mano. El tren acelera dejándola atrás. Él se para y como descubriendo lo fundamental camina hacia atrás y llega a la última ventana desde donde la puede ver alejarse, desde donde puede ver como se hunden sus sueños, como desaparece la esperanza de felicidad. La música cierra la escena con notas (pincelazos) de color azul melancolía.


Campanella (el iluminado director de esta gran película “El secreto de sus ojos”) también decide iniciar la historia con retazos de esta escena. Porque, a pesar de que el argumento transcurre a través de un derrotero aparentemente policíaco, es el amor de los personajes principales (Benjamín e Irene) el que es narrado paralelamente al supuesto hilo principal de la historia. Y es que esta irónica confusión entre la trama principal (un crimen sórdido y su resolución que depende de hechos incontrolables y aleatorios) y la historia de amor entre el secretario de juzgado y la asistente del juez que entrecruza problemas sociales e indefiniciones personales, nos llama a reflexionar sobre las permanentes confusiones de caminos y de rumbos que ocurren en nuestras vidas. ¿Nuestras decisiones estructuran nuestro destino, o dependemos de azahares, de hechos incontrolables, involuntarios que nos pre condicionan?


La historia nos lleva por hechos confusos que intentan ser resueltos de alguna manera por un sistema judicial corrupto, en el que van ganando permanentemente la coima y el interés oscuro. Es en medio de ese mundo sórdido en donde se desenvuelven los personajes, que tienen que batallar contra este sistema para lograr algo de justicia. Pero no la encuentran. Por el contrario, se estrellan contra intereses oscuros que digitan los resultados para dirigirlos a sus convenientes destinos. Nada nuevo para alguien que sabe en qué mundo vive. La belleza vencida por la vileza está clara en la imagen de la hermosa joven que yace desnuda, asesinada por un imberbe que luego es premiado con puestos expectantes en el gobierno. Hay que rebelarse contra este absurdo. Y Campanella se rebela. Se rebela a través del novio dolido que toma decisiones antisistémicas, se rebela a través del alcohólico asistente que decide ayudar al amigo en su decisión de buscar lo correcto y termina acribillado por las mafias que recorren las venas sustantivas de todas nuestras sociedades perdidas (un Francella fantástico), se rebela a través de los ojos de Irene, del amor de Irene, de la calmada forma como, ya casi al final de la película, le pide al amado que cierre la puerta. Y todo termina como comienza, con cada tecla del piano retumbando en algo que uno siente profundo, tocando una melodía extraña, la desesperanza en su forma estética, borrando y construyendo, lamentando todo el desencuentro, sonriendo triste mientras se aleja –en una remota estación de tren- para siempre la felicidad.



domingo, 5 de junio de 2011

Ideas sobre JMG Le Clezio y Charles Bukowsky


Es extraño, Le Clezio y Bukowsky son dos seres que intuyo demasiado distinos, pero tienen una conexión fundamental. Ambos desprecian al mundo. A su manera, por supuesto. Le Clezio aparenta ser demasiado formal, muy francés, introspectivo, lúcido. Su bagaje intelectual lo hace volar, y su estética hace que tenga la capacidad de transformar el mundo que intenta describir hacia un caos espantoso a través de sus palabras. El camina por los mismos caminos que los comunes mortales, pero encuentra a cada paso las íntimas señales de la destrucción escondidas en los sonidos, en los colores, en los movimientos, en las sombras de los humanos que se mueven como especie de espectros, sin color. Bukowsky es un narrador extraordinario de su desenfreno, de su envilecimiento, de su mundo sórdido, absurdo. No postula nada. Sólo pasa por la vida sobreviviendo, intentando despertarse para dormir enseguida, abotagado de trago. Siento una extraña proximidad con estos personajes malditos. Físicamente, Le Clezio es un lord. Una especie de personaje afrancesado. En la única foto que le conozco le encuentro un parecido a Roger Moore. Algo más ajado y complejo, pero en la idea tiene ese aire burgués. !Pero qué distinto resulta ser en su mundo interior!. Bukowski es todo lo contrario. Un gordo hinchado por su vicio, con la cara repleta de marcas de sarampión o de acné mal curado, y una sonrisa burlona y destartalada. Ví varias fotos de él y todas me parecían absolutamente cómicas. La que más me gustó fue una foto en la que Bukowski estaba en una cocina mugrienta, con un vaso de cerveza en la mano, agarrándole la nalga a una mujer con pinta de arrabalera que reía exageradamente ante el gesto mañoso del libador.

Reflexionando sobre el tema –la verdad, tengo que reflexionar solo, porque cada vez que intento hablar de literatura con alguien que no sea el gordo Vernal, me tratan como un idiota, o como un raro que se vincula demasiado con lo que lee... es decir, que lee demasiado viviendo en un mundo inexistente- podría hacer un paralelo interesante entre el Narciso y Goldmundo de Hesse y estos dos personajes. Ambos llegando al mismo punto desde caminos diametralmente opuestos. Ahora, el punto de encuentro que identifica el Hesse juvenil en esta hermosa novela no es el mismo que al que arriban estos personajes en las obras que les conozco. Pero Hesse –ya añejo y decepcionado por la vida- arriba también a una conclusión existencial similar en su obra cumbre “Der stepen wolf”. Conclusión: El mundo es una mierda, y no tenemos otra alternativa que vivirlo contemplando y siendo parte de su permanente autodestrucción.


ooooooooooooooooooooooo


Hoy soñé con Jean Marie Le Clezio. Fue un sueño raro. El estaba sentado en una especie de bar, con la misma cara de la foto del libro que acabo de leer (el diluvio). Creo que fumaba. Yo me impacté por su presencia. Un mounstro. Le pregunté extasiado por ese pasaje en que la motociclista irrumpe en una ciudad que se derrulle de a pocos. No me contestó. Comenzó a hablar cosas inentendibles. Yo pensé que estaba narrando algo. Alguna historia inconclusa. En segundos se me vino a la mente el tema de la realidad. Le pregunté por ello. Le pregunté si para él la realidad estaba en las palabras solamente o si las cosas tenían algo de realidad. Me dio una respuesta confusa. Entendí (en sueños) que él creía en la realidad presente, lo cual me pareció una contradicción con sus ideas. Cuando traté de refutarle llegaron Jackita y Andrea. Yo con mucha pompa les presente a  Le Clezio. Ellas no sabían quién era, pero cuando les expliqué, Andreita le hizo una reverencia de ballet. Jackita no entendía aún. De pronto, Le Clezio nos invitó un chifa ( o algo así como un chifa, en todo caso una comida oriental). Cuando nos comenzo a pasar los platos, Jackita los comenzó a botar. Se desparramaba toda la comida sobre ella. Yo la miraba con reprobación. No entendía (hasta ahora no entiendo) porqué se le caían los platos de comida encima. Ella se sentó un poco confundida y trató de limpiar el desastre. Iba a iniciar la conversación con Le Clezio cuando desperté. Te me escapaste Jean Marie. Te me escapaste.

domingo, 1 de mayo de 2011

SALVE SABATO



Ayer murió Sabato. En las noticias reflexionaron sobre el incremento de valor de sus libros a raíz de su muerte. Me pareció un absurdo. Pero ya él había intuido lo absurdos que son a veces los hombres en sus cosas. Estoy sentado en mi escritorio y he ojeado los tres libros que escribió. Yo había hecho algunas anotaciones la primera vez que los leí, hace ya 20 años. Extrañamente leí a Sábato de manera inversa, es decir, comencé con el último libro (Abaddón) y terminé con El Túnel. Pero el que más me impactó fue “Sobre héroes y tumbas”. Hay dos pasajes que se han quedado en mi memoria y que, por más que he intentado, no he podido exactamente ubicar en el libro (son más de quinientas páginas y ninguna de mis anotaciones adolescentes me han ayudado). El pasaje en que Alejandra llega junto a Martín a una playa, en medio de una tormenta, y se desnuda ingresando al mar bravo. La imagen de la belleza dejada a los elementos que la destruyen, que la amilanan, es perfecta. Me hace acordar a un poema de Pound “The Garden”. La belleza rodeada de miseria, rodeada de asco, de seres y cosas que la pretenden poseer para destruirla. La otra imagen es la del general muerto que comienza a ser destajado por sus subordinados para que su cuerpo no caiga en manos del enemigo. Una imagen que te revela otro tipo de belleza. La del honor de los hombres que luchan contra los mismos hombres por sus ideales. Los héroes violentos de un mundo que se define en luchas intestinas por nada. Es decir, por ideas que nada son mas que espejismos complejos y laberínticos que todo confunden. Sábato intentó delinear el absurdo humano, intentó –a mi concepto- expresar lo inútil que es luchar contra un mundo que poco tiene de lógico y cuyos códigos nos llevan al desvarío si los seguimos fervientemente. El mundo de los ciegos que pululan y que no entienden porque no pueden ver, de esos ciegos metafóricos, que interpretan el entorno en función a sus intereses mundanos y que canibalizan todo lo que pueden para sobrevivir. Contradictoriamente Sábato murió casi ciego. Pero su ceguera física contrastaba con su lucidez intelectual, con lo atinado de sus postulados. Salve Sábato… en la nada, que es al final todo lo que tenemos.